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Viaje a Barsalogo
Burkina Faso

Barsalogo es un pequeño pueblo al noreste de Burkina Faso. Allí me estaba esperando el P. Eugenio Jover. Desde la capital, Uagadugú, iniciamos un viaje que resultaría inolvidable.

Uagadugú, una ciudad que os resultará algo difícil de pronunciar, es la capital de Burkina Faso. Está en África occcidental, al sur de Malí y Níger. Los habitantes de la capital la suelen llamar Uaga, para facilitar así su pronunciación.

Allí me esperaba el P. Eugenio, un auténtico misionero castellano, de Valladolid, para llevarme a su misión. Teníamos que recoger a tres niños sordomudos y una niña ciega. Estudiaban en un centro especial de la ciudad y, como ese día empezaban las vacaciones de verano, había que llevarlos a sus pueblos. La niña ciega iba con nosotros dentro del coche y los tres niños, más dos bicicletas, irían en el remolque. Estaban locos de contentos porque comenzaban sus vacaciones.

Viajar por los caminos polvorientos africanos resulta una experiencia inolvidable. Además del calor que hace, tienes que ir tragando el polvo que se cuela entre cualquier resquicio del coche. Y no digamos los que van detrás. Aunque ellos están acostumbrados y no dejan de cantar y saludar a todo el mundo.

Me voy  fijando en el paisaje, que cada vez es más seco, con algunas acacias espinosas y los baobabs solitarios y grandiosos. De vez en cuando, a lo lejos, hombres, mujeres y niños trabajan en los campos. La noche anterior ha llovido y hay que aprovechar el día para sembrar el mijo.

Después de comer en la misión una comida que nos había preparado el cocinero (algo de pollo frito con patatas, arroz y los buenísimos mangos que se dan por estas tierras), nos fuimos al centro de nutrición que dirigen las Hermanas de San Francisco de Asís. Un centro donde las madres pueden acudir con sus hijos recién nacidos que sufren desnutrición. Allí se les da leche y pueden permanecer en el centro de tres meses a un año. Además, las hermanas se dedican a recorrer los poblados para pesar a los niños, vacunarlos y atender lo mejor posible a todos los niños enfermos que encuentran en su camino.

En el centro nos encontramos a dos madres con unos hermosos trillizos cada una. Estaban pelando cacahuetes. Los niños, muy tranquilos, están junto a sus mamás sobre una alfombra. Alguno dormía plácidamente sin importarle el calor o los flases de mi cámara. No podía por menos de demostrar mi ternura y cariño cogiendo en mis brazos a alguno de estos niños. A la vez, numerosas preguntas me venían a la cabeza: ¿Qué futuro les esperaba? ¿Asistirán a la escuela? ¿Morirán de malaria cualquier día de estos? ¿Podrán sus  padres mantener a tres hijos a la vez? No cabe duda de que se les presentaba un futuro incierto y lleno de interrogantes.

 

Me fui con estas serias preocupaciones. Cuando llegamos a una casa donde vivía una familia también numerosa, me surgieron nuevas preguntas. La familia residía en una vivienda compuesta por varias cabañas que servían de dormitorios y graneros. En el patio, recipientes y vasijas para el agua y la comida. Dos hijos son maestros y uno está en el seminario. Tres hijas están con ellos. También tienen a una niña acogida para que pueda ir a la escuela ya que sus padres viven lejos y le sería imposible asistir a las clases. A pesar de ser muchos, son capaces de compartir lo poco que tienen.

A las cuatro de la mañana del día siguiente nos despiertan los gallos y el rebuznar de los burros. La noche ha sido dura y, a pesar de la hora temprana, también larga. El calor apenas te deja descansar y cuando has conseguido conciliar un sueñecito, los “despertadores” del lugar se encargan de espabilarte. Lo agradezco porque ya empieza a clarear el día y quiero dar una vuelta por los alrededores. Mucha gente está ya en los campos. Familias enteras. No se pueden descuidar. Está empezando la época de lluvias y sembrar lo antes posible es primordial. Todas las manos son necesarias.

El paisaje es maravilloso. No dejo de disparar mi cámara fotográfica a los baobabs. A mi compañero Jean-Arsène, que lleva el coche, le doy la matraca para que pare a cada momento. Quiero fotografiarlos a todos. Cada uno tiene un algo especial: alguno está al lado de una pequeña laguna o dando sombra a una cabaña, otro está invadido por los “ocupas” del lugar, los pájaros tejedores, y otros en la entrada de algún poblado como un gran centinela que vigila la sabana desde su atalaya.

¡Y qué casualidad! Encontramos a la familia que habíamos visitado el día anterior. Dos hijas están arando con un burro. Me comenta después el P. Eugenio que hace muy poco se ha empezado a arar con el burro, aunque todavía la mayoría de la gente sigue sembrando a mano. Nuestra conocida familia lo hace de las dos maneras. Vemos al padre que con una pequeña azada cava un hoyo en la tierra y echa el grano, que lo lleva en la mitad de una calabaza. Nos han asegurado que cuando llueve este suelo árido y arenoso se convierte en un campo verde donde florece y madura el mijo en pocos meses. Parece increíble.

Mi viaje a Barsalogo llega a su fin. Una experiencia que ha servido para darme cuenta del esfuerzo de esta gente por seguir adelante, de la ayuda incansable de los misioneros y misioneras, de la ilusión y la alegría de los niños y jóvenes, que quieren un futuro esperanzador a pesar de todas las dificultades que les esperan. Seguro que nosotros podemos echarles una mano con nuestro apoyo y solidaridad. Merece la pena.

Leo Salvador


Por Salvador J. (Tenerife) - 05-03-2010 - 03:18:40

Queridos amigos. Vuestro relato me ha hecho revivir el viaje que yo hice con mi familia en la Navidad de 2008, para visita a mi hermano Eugenio, desde Tenerife hasta Barsalgo: De Tenerife a Ouaga, fue un viaje convencional, pero de Ouaga a Barsalgo fue una experiencia alucinante y llena de vivencias impactantes, que sirvieron para conocer el mundo africano de cerca. Qué buenos amigos hicimos allí, y qué gran revulsivo para nuestras conciencias. Fue un viaje inolvidable, que siempre guardaré en mi memoria con mucho cariño. Os felicito por vuestra narración tan bien contada, que contagia optimismo y esperanza.

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