Cuando era pequeño y asistía a alguna fiesta familiar, a los niños siempre nos ponían en una mesa aparte. Había la "mesa de los mayores" y la "mesa de los niños", en la que nos ponían a todos los pequeños de la casa. Recuerdo la primera vez que pude sentarme en la "mesa de los mayores". Aquel día fue muy especial para mi. Me hizo mucha ilusión porque me sentí como una persona mayor.
Cuando estaba en mi misión del Chad, me sorprendía mucho la alegría de los niños. Siempre riendo, siempre con ganas de jugar, a pesar de no tener que comer o de tener que caminar muchos kilómetros para ir a la escuela; y eso que la escuela era una simple pizarra apoyada en un árbol y de no tener ni un triste banco para sentarse. Eso me enseñó que la alegría es un don que muchas veces no sabemos desarrollar los que tenemos tantas cosas.